¿Te has parado a pensar cuántas fotos de menores circulan por internet sin que ellos lo sepan? Cada vez más padres comparten el día a día de sus hijos en redes sociales, pero debajo del scroll infinito hay un debate invisible: ¿a qué riesgos se enfrentan los niños cuando su vida digital comienza antes siquiera de decir su primer “mamá”?
El sharenting: cuando la infancia se sube a la nube
Bebés con más horas de pantalla que de sueño. Sharenting: el fenómeno tiene nombre, y suena cada vez más fuerte en los corrillos virtuales y tertulias familiares. Consiste en la costumbre, casi automática, de madres y padres que publican fotos, vídeos y anécdotas de sus hijos en redes sociales… y la realidad supera la ficción: el 81% de los bebés españoles ya están en internet antes de cumplir medio año de vida.
Según el EU Kids Online y estudios recientes, alrededor del 89% de las familias comparten contenido de sus hijos sin preguntarles ni calibrar las consecuencias psicológicas, legales o de seguridad. Parece una cifra absurda, pero ahí están: álbumes digitales, stories efímeros, TikToks y reels donde los pequeños protagonizan escenas cotidianas que pueden permanecer online mucho tiempo después de haber olvidado la clave del WiFi.
Cuando la inocencia se convierte en un negocio
La cosa se complica aún más cuando las imágenes de menores terminan asociadas a cuentas de creadores o influencers. ¿Por qué? Porque la infancia, en estos casos, es material que se monetiza. Likes, patrocinadores y audiencias que consumen el “día a día” de los pequeños… sin que ellos siquiera lo pidan. Un análisis de la Universitat Oberta de Catalunya recalca no solo la temprana huella digital, sino el peligro real de perder el control sobre ella.
Y el dato más inquietante: más del 70% del material incautado en operaciones policiales contra delitos de explotación infantil tiene origen en imágenes familiares compartidas sin intención sexual. Es decir, lo que empieza como un “qué gracioso sale con el perro” puede acabar, sin querer, en rincones oscuros de la red. ¿Alarma? Sí, y con motivos.
Crisis digital: los niños y el control de su identidad
Idoia Miranda, portavoz del proyecto “Crecer en un mundo de pantallas”, lo dice claro: los niños no solo tienen derecho a la privacidad, sino que la ley debe reconocer su autonomía digital tan pronto como puedan expresarse. Eso implica permitir que elijan, que decidan, que digan “no quiero salir en Instagram” o “borra esa foto, por favor”.
El Ministerio de Juventud e Infancia apunta a una preocupación de fondo: la sobreexposición digital genera ansiedad, estrés y una extraña sensación de perder el control sobre la propia identidad. Los niños, convertidos en protagonistas en streaming, pueden sentir que su vida no les pertenece, que hay una audiencia a la que complacer más allá de la pantalla.
Normativa a la vista: la privacidad infantil podría cambiar
Ante este panorama, el Gobierno español prepara nuevas reglas para regular cómo y cuándo los padres pueden compartir imágenes de sus hijos en redes sociales. ¿El objetivo? Poner la lupa tanto en las familias como en las plataformas tecnológicas, diferenciando entre lo que se comparte “por amor” y lo que mueve intereses económicos. La ministra Sira Rego lo confirma: las grandes plataformas deberán asumir mayor responsabilidad y transparencia.
Pero ni la mejor ley podrá salvarnos si no cambiamos la mentalidad. Por eso, asociaciones como Somos Conexión piden campañas de alfabetización digital adaptadas a las familias. No basta solo con prohibir: hay que educar, mostrar las consecuencias, enseñar a navegar el océano digital con brújula y sentido crítico.
Hacia una corresponsabilidad digital: el reto de las familias
Al final, proteger la infancia requiere un esfuerzo coral: hogares, colegios, Estado y tecnológicas. El reto es garantizar un desarrollo digital seguro, donde las nuevas generaciones crezcan sin miedo a que sus recuerdos, sus fotos y hasta sus rabietas más épicas acaben en manos (o pantallas) equivocadas.
Quizá la próxima vez que vayamos a publicar la foto de nuestro hijo soplando las velas, nos preguntemos: ¿lo querrá él mañana en la red? Puede que, simplemente, la respuesta sea guardar el momento para el álbum familiar, ese que no necesita contraseña.





